Crecí en Levittown dentro de una familia en la que la música estaba presente todo el tiempo.
Soy hijo de Rita Flores y Ramón Rodríguez Silva. Mi padre era bohemio y guitarrista; mi abuela Magaly Silva cantaba, mi tía Maritza Rodríguez canta y varios miembros de la familia tocaban o cantaban en reuniones familiares.
Mi primer vínculo fuerte con un instrumento llegó a los seis años, cuando mi tío Redy Rodríguez Pomales me enseñó a tocar güiro usando una imagen que nunca olvidé: el sonido de las patas de un caballo —“pa-ca-tá, pa-ca-tá”— como referencia para encontrar el patrón.
En la adolescencia mi mundo musical podía ir de Wu-Tang Clan a Los Tres Reyes y al dúo Quique y Tomás. Mientras el hip-hop me atrapaba por el ritmo y el flow, mi hermano Ramón “Tito” Rodríguez y yo empezamos a cantar canciones de ayer en las bohemias familiares y a aprender a armonizar nuestras voces.
Más adelante llegó a casa Juntos y Revueltos, de Plena Libre. Ahí cambió el rumbo: la plena dejó de ser simplemente un género más y comenzó a convertirse en el lenguaje musical alrededor del cual construiría buena parte de mi trayectoria.
Décadas después, aquella costumbre de cantar junto a Tito regresó de otra manera con Tardes de Bohemia con Tito y Axel, presentada en Levittown. No fue empezar de cero; fue volver a una parte de nuestra historia.